Crisis del Espíritu

Nosotras, las civilizaciones, entendemos en este momento que somos fatales. Cita de poeta, raramente romántica, que hoy nos extraña que haya causado tanta sensación: es hermosa pero poco defendible. ¿Cuáles son esas civilizaciones que dicen «nosotras» y que de repente tienen conciencia de su naturaleza, humana en suma, dado que todos los hombres son fatales ? Solo una es con la capacidad de ello porque es la única que tiene el poder de contemplarse. ¿De dónde quita ella ese poder de autocrítica —es decir, etimológicamente, ese poder de ponerse ella misma en crisis — sino de la diversidad de los elementos contradictorios de que ha nacido? Todas esas preguntas me vinieron cuándo pude adquirir un libro de historia en una librería de segunda mano dónde soy asiduo en comprar libros segunda mano.

El ingrediente griego, que prolonga a Egipto y Babilonia, Sumer y Tiro; el de roma, que nos trajo el griego a nuestros países; el judaico de donde sale el cristianismo que se difunde durante las rutas romanas y se expresa en griego; el celta y el germano que se convierten al cristianismo, nacido de todo lo que precede; en fin, el árabe, que nos da además lo que se había extraviado de Grecia; todo lo mencionado perdura y prolifera y prolonga sus querellas en nuestros espíritus. Europa es, ya que, el producto de toda una decena de civilizaciones que viven en ella, mueren y reviven en ella, con la inmensidad de academias y producciones que reivindican todas esas fuentes, con diferencias de dosificación y de acento. Por medio de Europa, que es su consecuencia, ninguna civilización vieja está verdaderamente muerta. Así, Europa podría decir: «Yo, civilización de bifurcación y de síntesis, sé en este momento que todas las demás, conmigo y por mí, sobreviven y perduran.»
Sin embargo, el éxito de la cita de Valéry revela hasta la prueba que nuestras elites, hacia el año 1923, están dispuestas a dimitir en nombre de la Europa que representan.
Y por todas partes se traduce a Spengler. Un cierto masoquismo histórico está popular.

Viena es entonces el símbolo de la delicuescencia europea.

Localidad decapitada de un Imperio, que era el último resto o acaso el germen de una Europa federalizada, Viena es una localidad empobrecida que ha perdido todo tipo de prestigio. En un pequeño piso en los bajos techos de la Hofburg, palacio abandonado de una dinastía heredera del reino de Occidente, un joven de rostro oriental escribe: « į Europeos! ¡Europeos! ¡La hora del destino de Europa ha sonado! La salvación reside en la Paneuropa… Una Europa dividida lleva a la guerra, a la opresión, a la miseria; una Europa unida a la paz, a la prosperidad»*.
Al otro radical del conjunto de naciones, un filósofo medita sobre los sitios y «la esencia persistente de Europa». Y escribe: «La unidad de Europa no es una fantasía. Es la verdad misma y lo que es fantástico es exactamente la otra tesis: la creencia de que Francia, Alemania, Italia o España son realidades sustantivas, independientes» .
Valéry y Spengler, presentes desmoralizados de nuestra caída, Coudenhove-Kalergi y Ortega, anunciadores activos de nuestro renacimiento; esto define el tiempo de los años en cuyo transcurso hace aparición el primer número de la Revista de Occidente.
Sin embargo, este renacimiento de la iniciativa europea como aspecto de equilibrio mundial y de paz no transporta a una acción política instantánea, sino que, por el opuesto, se ve brutalmente detenida por la guerra, expresión suprema de las divisiones que ella nos impulsaba a trascender. La Europa está próximo de perecer, en esta ocasión físicamente. Pero este riesgo radical revela de repente la verídica naturaleza del mal que en vano denunciaban los abogados de la unión europea; ese riesgo aboga dramáticamente en favor de esa causa.

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